Slideshow image

Las promesas de Dios son poderosas debido a que son Palabra de Dios, y provienen de la naturaleza santa y justa de Dios. No tener confianza en las promesas de Dios es un sinónimo de desconfianza en Su integridad y fidelidad. No obstante, cuando oramos, debemos hacerlo comprendiendo las promesas de Dios, meditando a fondo en ellas, y creyendo sinceramente, así como lo hizo el profeta Daniel (Daniel 9:1-19).

Debemos entender las promesas de Dios

Una promesa de Dios revela una verdad que nos beneficiará de manera específica. Las promesas son como anclas que nos ayudan a no desviarnos hacia la desesperación ni hacia la presunción (jactancia, ilusión, “pensamiento ilusorio”). Las promesas de Dios son la regla de la oración. Debemos orar de acuerdo a lo que Dios prometió, en vez de orar por lo que nos parece mejor a nosotros, ya que las promesas de Dios declaran su voluntad. 

En la Biblia aparecen diversos tipos de promesas, y se clasifican en: Promesas Absolutas y Promesas Condicionales. Las promesas absolutas declaran lo que Dios determina hacer, sin ninguna referencia a lo que nosotros hacemos, y las promesas condicionales, por otro lado, requieren primero algo de nosotros para que puedan cumplirse. Conocer con qué clase de promesas estamos tratando no solo nos guiará en cuanto a apropiarla, sino que, además, nos guardará de caer en el pecado de la presunción. 

No debemos juzgar las probabilidades de una promesa divina en base a nuestros razonamientos lógicos, ni tampoco en base a nuestra capacidad de fe. Los hijos de Dios no tenemos “fe en la fe”, sino fe en Dios. Esto es lo que el Señor Jesucristo implicó al hablar acerca de tener fe “como un grano de mostaza”. Nuestra fe depende de la soberanía y de la voluntad de Dios. Las promesas de Dios son su voluntad declarada, pero si no entendemos las promesas, tampoco entendemos la voluntad de Dios. Debemos orar las promesas de Dios con entendimiento de la verdad declarada en las Sagradas Escrituras. Si no entendemos Su voluntad, tampoco podemos orar Sus promesas. La frustración cuando no se reciben respuestas a las oraciones surge de la falta de entendimiento de las promesas. Las promesas de Dios no son fórmulas. El cristianismo contemporáneo tiene esa tendencia, y debemos desecharla.

Debemos orar las promesas tomando el ejemplo del profeta Daniel

Daniel pone de manifiesto que el pueblo conocía la verdad escrita, pero creyó que él no les enviaría ningún mal con el fin de quebrantarlos. Daniel lee en las Escrituras que los males que padecían, y aun el cautiverio, fueron enviados por Dios como castigo por la desobediencia. La única esperanza era apoyarse en la promesa de Dios dada a Jeremías, que aun en medio del castigo, si el pueblo se humillaba y se arrepentía, entonces Dios tendría misericordia de ellos. 

Al leer las Escrituras, Daniel entendió que estaban cerca de cumplirse los setenta años de cautiverio. Dios no cambiaría su decisión en cuanto a los tiempos; esa decisión era una promesa absoluta: la liberación vendría, pero en el futuro. Daniel suplica a Dios que tenga misericordia, y lo hace recordando las promesas condicionales (si el pueblo se humillaba y obedecía, el tiempo de espera sería mucho mejor).

Debemos orar las promesas rechazando los malos ejemplos de hoy

La falsas ideologías del evangelio de la prosperidad, de palabra de fe, del evangelio progresista, triunfalista, el “reino ahora”, etc., están estorbando la posibilidad de un genuino avivamiento en nuestro país. Debemos orar como oró el profeta Daniel: humillándonos delante de Dios, y confiando en las promesas escritas -pero bien comprendidas- de la Palabra de Dios. Si deseamos tener poder al orar las promesas de Dios, primero debemos “convertirnos de nuestra maldad y entender la verdad”. Debemos aprender a orar las promesas de Dios, permaneciendo separados de las falsas ideologías, así como el profeta Daniel y sus amigos se mantuvieron separados de la influencia de su época porque era contraria a la voluntad de Dios (Ref: 1:8).