La Biblia nos cuenta que los judíos tenían un problema en cuanto a aceptar a los gentiles (a los no judíos), en el reino de Dios, debido a que éstos no conocían ni practicaban la Ley dada a Moisés. El Señor Jesucristo les mostró, mediante una parábola, que la salvación no viene por las obras de la ley, sino por la gracia de Dios, la cual es un regalo inmerecido. La parábola se encuentra en el libro de Mateo 20:1-16.
En la historia de esta parábola, los obreros de la mañana se quejaron con el dueño. La escala de valores que ellos tenían no era la misma escala que tenía el dueño (Ellos le dicen: “los has hecho iguales a nosotros…” Mateo 20:11,12). En realidad, la actitud de esos obreros fue un insulto.
En otra ocasión, el apóstol Pedro, hablando en nombre de sus compañeros, también reflejó una escala de valores diferente: Pedro le dijo al Señor Jesucristo: “Nosotros lo hemos dejado todo…¿Qué tendremos”? (Mateo 19: 27-29).
Yendo a la parábola del hijo pródigo, vemos que el hermano mayor le dijo al padre: “Te he sido fiel…¿Qué me has dado como recompensa?” (Lucas 15:29,30). Aquí vemos otra actitud arrogante.
Regresando a la parábola de Mateo 20, leemos que el dueño les recordó a sus obreros que cuando él los contrató, ellos estuvieron de acuerdo con el pago. El dueño de una compañía tiene derecho a hacer las cosas como quiere. La enseñanza de esta parábola es que los gentiles entraron “más tarde”, por decirlo así, al reino de Dios. Los judíos, aún en la actualidad, celan a los gentiles porque recibimos el evangelio del reino de Dios. Dios es generoso y da la salvación a todo aquel que cree, es decir, al que viene a Él para ser salvo. Dios no nos da lo que merecemos, sino lo que heredamos por Su gracia cuando Él nos adopta como Sus hijos. Esta parábola nos enseña que todos necesitan la gracia de Dios para ser salvos, y que Dios salva aunque una persona se haya arrepentido y entregado a Él en el último momento de su vida, tal como ocurrió con el ladrón colgado en la cruz al lado del Señor Jesús. Todo tipo de persona: desde Adán hasta Abraham; desde Moisés hasta Elías; desde Juan el Bautista hasta María, Pedro, Juan, y todos los apóstoles; desde Saulo de Tarso hasta Usted y yo.
La salvación se recibe sólo por la gracia de Dios y no por nuestras obras. No caigamos en la trampa de la falsa doctrina llamada la “supererogación”, que dice: “Según las enseñanzas clásicas sobre las indulgencias , las obras de supererogación realizadas por todos los santos forman un tesoro con Dios que la Iglesia puede aplicar para eximir a los pecadores arrepentidos de las obras de penitencia que de otro modo se requerirían para lograr la plena reconciliación con la Iglesia”). Las limosnas y cualquier otra obra de penitencia no pueden salvarnos, porque solamente el Señor Jesucristo, su muerte y su resurrección, son lo ordenado por Dios para perdonar nuestros pecados y salarnos del castigo eterno. La salvación es sólo por la gracia de Dios y no por nuestra obediencia a rituales religiosos o buenas obras. Obedecemos a Dios porque somos salvos y no obedecemos a Dios para ser salvos. El Señor Jesucristo dijo: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). La “si” en ese texto, no implica duda, sino afirmación; es como decir: “porque que amáis”. Esta una característica de la nueva criatura en Cristo: querer obedecer a su Señor. De modo que somos salvos por Su gracia y Su gracia nos da poder para obedecerle.
Tampoco caigamos en otra trampa enseñada por algunos grupos religiosos, malinterpretando la obra de santificación del Espíritu Santo, y de ese modo haciéndole creer a sus miembros que la obediencia a ciertos rituales religiosos y a ciertos modos de apariencia externa son las demostraciones de una vida de santidad. La obediencia a Dios es un producto de Su gracia en nosotros. Nadie merece el cielo; la salvación es sólo por la gracia de Dios para aquellos que se arrepienten de sus pecados, los confiesan a Dios y ponen su fe en el Señor Jesucristo.
Pero hay otro aspecto en esta parábola que no podemos dejar de lado: La gracia inmerecida de Dios nos mueve a servirle incondicionalmente. Servimos a Dios porque somos salvos, pero no servimos a Dios para ser salvos ni tampoco para considerarnos más importantes que otras personas. No hemos de ser considerados más importantes porque hayamos servido más tiempo que otros, sufrido más que otros, o aprendido más que otros sirviendo a Dios. El cielo es un regalo inmerecido que Dios otorga al pecador que se arrepiente y se rinde a Él. Muchos de nosotros somos esos pecadores salvados, ¡Cómo no hemos de servirle! No servimos a Dios para que se compadezca y tenga misericordia de nosotros. Servimos a Dios porque ha tenido misericordia de nosotros enviando a Su Hijo para pagar por nuestro pecados. No tratamos de pagarle a Dios para que nos dé un lugar el cielo, porque el cielo no se puede comprar; por el contrario, Su gracia y amor nos mueven a servirle incondicionalmente donde Él quiera, como Él quiera y para lo que Él quiera. Dios nos ha salvado y vamos a servirle sin condiciones ni preferencias personales. La gracia inmerecida de Dios nos mueve a servirle por amor. El cielo no es una recompensa por nuestro servicio a Dios. Nuestro servicio a Él será recompensado en el cielo, pero no llegaremos al cielo gracias a nuestro servicio. Esto nos ayuda a no compararnos con otros, y a no tener celos de otros cuando son llamados a servir en alguna tarea en la cual nos gustaría servir a Dios. Dios no es injusto cuando escoge a unos y a otros para ciertas tareas. Dios no escoge por las mismas razones que nosotros escogeríamos. El reino de Dios no es una compañía laboral, no es una empresa. Dios no escoge siervos en base a la antigüedad (“seniority”), o a la capacidad intelectual, o en base a ninguna otra razón, excepto Su voluntad soberana y perfecta. Efesios 4:11 dice: “Y Él mismo constituyó a unos…” Filipenses 2:13 “porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad.”
Un reconocido pastor dijo: “Mi propia respuesta a esta parábola es un profundo agradecimiento, porque hay muchos que han sido más fieles que yo, trabajaron más duro que yo, trabajaron más tiempo que yo y sufrieron mayores pruebas que yo. Quizás hay otros que han trabajado menos, menos años, con menos diligencia. Pero la gracia abunda incluso para el principal de los pecadores, y Dios nos salva a todos perpetuamente. Eso le da gloria a Él, y esa es ciertamente una razón para alabarle y regocijarse junto con todos los que han recibido tal gracia.”
Vivimos en el reino de la gracia inmerecida de Dios. Hoy, Él nos exhorta a recordar de dónde nos sacó, de qué cosas nos libró y aún nos sigue librando. Debemos recordar que somos salvos solamente por Su gracia. Démosle gloria, gratitud y obediencia a Dios, y sirvámosle con corazones mansos y humildes porque somos salvos por Su gracia.