Slideshow image

 

“El que sigue la justicia y la misericordia, hallará la vida, la justicia y la honra” Proverbios 21:21

Jesse Owens, cuatro veces medallista de oro estadounidense en los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, sufrió un mal gesto de Adolfo Hitler, quien se negó a estrecharle la mano. Hitler estaba "muy molesto" por las victorias de Owens. Hitler había decidido que solo estrecharía la mano de competidores alemanes, y únicamente en el primer día de las Olimpiadas. Sin embargo, quizá Owens nunca habría ganado una de sus medallas de oro, si no fuera por el acto de amabilidad de un compañero atleta, el saltador de longitud alemán Carl Ludwig 'Luz' Long. 

El 4 de agosto de 1936, en una ronda clasificatoria del salto de longitud, el poseedor del récord mundial Owens ya había fallado dos veces en su intento de competir en la final del evento. Long, quien sustentaba un récord europeo, aconsejó a Owen sobre cómo ajustar su carrera para conseguir superar la fase de clasificación. Le dijo a Owen que, dado que la distancia de calificación era de solo 7,1 metros, y que podía saltar más de 8 metros, debería cambiar su marca hacia atrás, para asegurarse de que no despegara tan cerca del límite y así evitara cometer otra falta. El siguiente salto de Owens fue un éxito y ganó la medalla de oro con un salto de 8,06 metros, mientras que Long ganó la de plata. 

Más tarde, Owens escribió sobre los Juegos Olímpicos de 1936, y dijo: "Lo que más recuerdo, fue la amistad que entablé con Luz Long. Era mi rival más fuerte, pero fue él quien me aconsejó ajustar mi carrera en la ronda de clasificación y, por lo tanto, me ayudó ganar”. Luz Long puso en peligro su vida para hacer algo que no tenía que hacer. Nadie esperaba que se acercara a Owens, pero no temía las consecuencias de ir en contra de las ideologías nazis. Sabía que a Hitler no le iba a gustar lo que hizo, pero lo hizo de todos modos porque sabía que era lo correcto.

La rectitud y la bondad son virtudes que, tristemente, han dejado de ser comunes en los deportes, como también en la política, en las artes, en la educación, y aun en los hogares de muchas familias. 

La Palabra de Dios, nos muestra que estos dos atributos,“justicia” (rectitud) y “misericordia” (amor leal; bondad) representan el estilo de vida del creyente del pacto que agrada a Dios. Estos dos atributos, eran características que la gente vio en la personalidad del Señor Jesucristo.

Somos una bendición cuando seguimos la rectitud. Esto significa que nos gozamos en hacer lo que es correcto. El apóstol Pablo escribe: "Manténganse firmes, ceñidos con el cinturón de la verdad.…." (Efesios 6:14 NVI)  Pablo se refería a una faja de cuero, que los soldados romanos se ponían alrededor de la cintura, para proteger los lomos y llevar armas, tales como dagas y espadas. Esta faja también sujetaba la túnica para que ésta no se enganchara y le hiciera detener al soldado. 

Si lo aplicamos a nuestra armadura espiritual, la integridad es como ese cinturón que nos protege y hace que todas las áreas de nuestra vida estén en armonía. Si no tenemos integridad, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas, vamos a perder la batalla.  Sin integridad, sin rectitud, sin respecto a los demás, no somos de bendición a los demás; por eso necesitamos siempre cultivar la rectitud. 

Somos de bendición cuando mostramos misericordia. Ser misericordioso significa ser una bendición para los demás. Significa que será fiel a la comunidad del pacto (la iglesia). En este pasaje de las Escrituras, misericordia y bondad, hablan de la misma actitud; son sinónimos.

Hace unos años, en las Olimpiadas Especiales en Seattle, Washington, había nueve corredores de la carrera de 100 metros en la línea de inicio. Cada uno tenía una incapacidad física o mental. Cuando dispararon la pistola, todos empezaron a correr.  No todos con la misma rapidez, pero con ganas de terminar y ganar. Todos, menos un muchacho que se tropezó en el asfalto, cayó y dio vueltas un par de veces y empezó a llorar. Los otros ocho escucharon el llanto de este joven. De repente los ocho empezaron a reducir su velocidad y todos miraron atrás. Todos juntos dieron la media vuelta y regresaron para ayudarle. Una joven con el síndrome de Down, se hincó, besó al muchacho y le dijo, «Esto te hará sentirte mejor.» Los nueve se agarraron el uno al otro con los brazos, y caminaron juntos hasta cruzar la meta. Toda la multitud presente en el estadio se puso de pie, gritando con alegría por varios minutos. 

Esta historia se ha comunicado a través de todo el mundo entero. ¿Por qué? Porque esta historia real es uno de los mejores ejemplos de la “bondad” que el mundo ha escuchado. Seamos fieles al Señor, mostrando misericordia a nuestros hermanos en Cristo. Y al mismo tiempo, no abusemos de la misericordia que otros expresan hacia nosotros, pues si lo hacemos así, mostramos muestra falta de misericordia hacia ellos. 

(Gálatas 6:10) “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe”. 

Nuestro Padre promete recompensarnos con “vida, justicia, y honra”. El término hebreo traducido como “justicia” (recompensa), es por lo que hay un juego de palabras en el versículo, y se usa dos veces. El primer uso de la palabra (“justicia”) tiene el significado básico de “conducta que se ajusta a la norma de Dios”. El segundo uso de la palabra “justicia”, indica la provisión o recompensa ("recompensa") que proviene de guardar la justicia. Proverbios 21:21 es similar a lo que dijo el Señor Jesucristo, y que vemos escrito en Mateo 5:6: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Recompensados). 

Desear ser rectos, y buscar aprender a serlo cada vez más, tendrá su recompensa, aquí y también en el cielo. Un intérprete de la Biblia dijo: “Asimismo, cualquier recompensa u honor que obtengamos en el cielo, será valioso para nosotros porque lleva el peso y el significado de nuestra relación con Dios, y además porque nos recuerda de lo que él hizo por nosotros en la tierra”.

El ejemplo de Moisés nos recuerda, de acuerdo con Hebreos 11:24-26, que él cuando se hizo grande, prefirió ser maltratado con su pueblo que disfrutar de los deleites temporales, “…porque tenía puesta la mirada en el galardón”. 

El deleite de Cristo, como recompensa por nuestra obediencia a él siguiendo la rectitud y la misericordia, será siempre la mejor recompensa. Dios quiere que seamos de bendición a la obra de Dios y al mundo. Nuestra recompensa será maravillosa.