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Vivimos en una época de confusión y lo vemos en la política, en la educación, en la psicología popular, y lo más lamentable: en la religión. Es tan grande el efecto negativo de la confusión, que aun en la cristiandad hay miles de personas a quienes les cuesta creer que son pecadores, y que solamente pueden ser salvos si reconocen su culpabilidad delante de Dios, se arrepienten, y claman a Él pidiendo misericordia. Este es el mensaje del Evangelio, pero ya no es popular en muchos púlpitos, porque se ha hecho más importante no ser “cancelados” por la sociedad, que decir la verdad en amor.

En Lucas 18:9-14 nuestro Dios nos enseña la verdad acerca de la necesidad del perdón como paso previo a la justificación del alma y a la paz con Él.

Dos hombres subieron al Templo a orar: Uno era fariseo, tal vez creyente de nombre, pero no de verdad. El otro hombre era un recaudador de impuestos despreciado por la sociedad. ¿Por qué subieron estos dos hombres al templo a orar? El fariseo subió porque era su costumbre, y porque orar para ser visto alimentaba su ego y su falso sentido de seguridad religiosa (Mateo 6:5). El otro, el publicano, fue al templo a orar porque sintió convicción de pecado y quiso arreglar cuentas con Dios. ¿A quién de los dos escuchó Dios? ¿A quién de los dos perdonó?

Quienes no reconocen la gravedad de su culpabilidad ante Dios ponen excusas, y se justifican a sí mismos; están cegados espiritualmente, y lo manifiestan tal como el fariseo de esta historia. Dios no perdona a aquellos que no se consideran culpables, pues ellos “oran sin orar”, es decir, no están hablando con Dios, sino consigo mismos. La arrogancia del fariseo religioso se veía en su oración, la cual fue, en realidad, una exposición de sus calificaciones morales dirigida tanto a publicar su propia justicia, como a exponer la perversión del recaudador de impuestos.

Aquellos que no reconocen la gravedad de su pecado se comparan con otras personas, y tal comparación es una forma de condenarlos. Las declaraciones que hacen, aunque sean ciertas, no justifican su autocomplacencia, o en otras palabras, la acción de estar conformes consigo mismos. Hoy en día, esa es la enseñanza de la psicología moderna, torciendo el concepto de “autoestima”. Por otro lado, algunas iglesias liberales, hacen creer a sus seguidores que son “pequeños dioses”. Sin embargo, todos aquellos que aman a Dios de verdad, son conscientes de que tienen que hacer confesiones a él excluyendo toda forma de jactancia. Otra muestra de la autocomplacencia es, que aunque aparentemente inconsciente de sus propios pecados, el fariseo de la historia estuvo muy consciente de los pecados de los demás. Podríamos decir que ese líder religioso menospreciaba a las personas cuyos pecados eran más groseros que los de él mismo. En su “oración”, el fariseo confesó en voz alta los pecados del publicano, pero no confesó sus propios pecados; Él pudo haber agradecido por muchas bendiciones recibidas, entre ellas, por la misericordia de Dios, sin embargo, su gratitud no fue una expresión de alabanza y adoración a Dios, sino una oportunidad de sentirse bien consigno mismo por no ser tan pecador como el publicano. Es muy probable que los pecados del fariseo no hayan sido tan groseros como los del publicano (ni como los de la mujer sorprendida en adulterio, o los de aquella “pecadora famosa” que fue a la casa de Simón el fariseo a lavar los pies del Señor), pero de todas maneras, el fariseo era un hombre pecador como todos.

Dios perdona a los que confiesan que son realmente culpables. Observe la actitud del publicano en la casa de Dios: Este hombre no se sentía digno de acercarse a Dios. El texto bíblico dice que oraba “estando lejos”. La Biblia nos cuenta acerca de otro hombre que tuvo una experiencia similar (ver: Lucas 15:19), quien dijo: “ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros”; o en otras palabras: Reconozco que no soy digno de acercarme a ti, pero aquí estoy porque sé que puedes tener misericordia de mí. El publicano de nuestra historia no se sentía digno de mirar a Dios (“No quería ni aun alzar los ojos al cielo”), porque reconocía su culpabilidad delante de Dios. Tal como era la costumbre de muchos al arrepentirse, él “se golpeaba el pecho diciendo: “Dios, sé propicio a mí, pecador.”. La palabra “propicio” significa la misericordia del perdón de Dios y de la reconciliación. Este hombre entendió la misericordia de Dios cuando reconoció su propia miseria. Este hombre se parece a la mujer en la casa de Simón el fariseo. Ella lloraba. Èl se golpeaba el pecho mientras pedía perdón. Y Dios lo perdonó. El texto dice que regresó a su casa “justificado antes que el otro”. Otra traducción un poco más exacta es: ’y no el otro’, o “en vez del otro”.

¿A quién perdona Dios? Dios perdona al que se humilla delante de él reconociendo culpable y merecedor del castigo. No obstante, Dios humillará imputando pecados al que cree que no necesita ser perdonado; al que confía en sí mismo porque expresa piedad religiosa externa, o porque confía en sus buenas intenciones, pero no viene a Cristo. Dios humillará a aquel que se enaltece (se alaba y tiene una falsa seguridad de sí mismo) y será humillado porque Dios no lo perdonará. Después de todo: ¿Por qué tendría Dios que perdonar a una persona que no se considera culpable?

Sin embargo, Dios perdona al que se humilla delante de Él reconociendo que es culpable. Dios perdona a aquel quien, al reconocer su culpa delante de Dios, sabe que merece el castigo pero cuando escucha que Jesucristo pagó el precio de esa culpa, clama a Dios humildemente para que tenga misericordia, y para que aplique el pago de Jesús en la cruz a su favor, y le otorgue el perdón. Nuestro Señor Jesucristo dijo que esa es la persona que será enaltecida; es decir, que será reconocida por Dios como una persona humilde a quien Él perdona y no inculpa de pecados, sino que lo declara justificado gracias al sacrificio de Cristo en la cruz y a su triunfo sobre la muerte.

En conclusión nos preguntamos: ¿Cuál de las dos personas es usted? ¿Reconoce que es pecador? ¿Quiere ser perdonado por Dios eternamente? Si es así, venga Cristo hoy mismo y recibirá el perdón de Dios y la vida eterna.