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Cuando conocemos bien a una persona y sabemos “donde está parada”, como dicen en algunos lugares, entonces sabemos lo que quiere decir, aun cuando, frente a algunos temas, parezca contradecirse. Por ejemplo, en el texto de Romanos 7:1-6 (leerlo) el apóstol Pablo está diciendo que, en el contexto humano, la muerte cancela todos los contratos legales. Pablo presenta un contraste entre los dos estados del ser humano: el antes y el después de conocer a Cristo.

Pablo escribe a los que entendían el propósito de la Ley de Dios, tanto judíos como gentiles que conocían el Antiguo Testamento. Él dice que antes no podíamos cumplir la ley, porque nuestra naturaleza pecaminosa no tenía poder para lograrlo. Ahora, gracias al Señor Jesucristo, estamos fuera del dominio de la ley y tenemos poder para vencer el pecado. La analogía con la ley civil del matrimonio es útil, porque explica que, cuando no éramos salvos, estábamos bajo el dominio y la condenación de la ley, pero desde Cristo vino a nuestras vidas, ya no estamos bajo el dominio de la ley, pues estamos bajo el dominio de Cristo. De modo que, si estando ahora “casados” con el Cristo resucitado, vivimos bajo el dominio de la ley, comentemos adulterio espiritual. Una mujer casada que vive con otro hombre, comete adulterio.

La muerte a la esclavitud del pecado anula el señorío de la ley sobre nosotros. La ley era “el esposo anterior”. El creyente murió a la ley. La relación matrimonial se rompió con la muerte de uno de sus participantes, en este caso, del creyente, cuando él puso su fe en el Cristo crucificado. Su muerte es nuestra muerte al pecado. Esta realidad se expresa en el bautismo bíblico. En Cristo tenemos nueva vida y por eso ahora estamos sujetos a él para dar fruto (ser productivos) para Dios (Efesios 2:10).

El enfoque de Pablo en la ley, es verla como algo que conduce al pecado y a la muerte: “Porque cuando estábamos en el reino de la carne, las pasiones pecaminosas provocadas por la ley actuaban en nosotros, de modo que llevábamos fruto para muerte. Esto significa que, debido a la naturaleza rebelde con la cual nacimos, los humanos siempre tenemos la tendencia a oponernos a las restricciones, y por eso pecamos. En contraste con ello, el “camino”, o ley del Espíritu, se menciona en versículo 6: “Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra”. Una traducción más literal del texto dice: “Pero ahora, es decir, al morir a lo que una vez nos ataba, hemos sido liberados de la ley para que sirvamos en el nuevo camino del Espíritu , y no a la antigua usanza del código escrito”.

La ley revela muy fuertemente nuestro pecado. No hay conversión a Cristo, si primero, no hay una fuerte convicción de pecado. Esto es parte del propósito de la ley. La persona que rechaza a Cristo se pregunta: ¿De qué debo ser salvo, ya que no soy una mala persona? No obstante, la convicción de pecado no es suficiente para ser salvo. La convicción nos confronta con la necesidad de ser salvos, y produce en nosotros “la tristeza según Dios que produce arrepentimiento, como dice 2a Corintios 7:10: “Porque la tristeza que es según Dios produce arrepentimiento para salvación, de que no hay que arrepentirse; pero la tristeza del mundo produce muerte”.

Del mismo modo, Dios no se glorifica en el creyente a menos que haya una fuerte convicción de nuestra batalla constante contra el pecado. Aunque tengamos la victoria en Cristo, y no haya condenación para nosotros, nuestra alma lucha constantemente contra el pecado. En este mundo, el pecado y las pruebas son experiencias diarias que no debemos negar (1a Pedro 5:8-11; Efesios 6:10-20).

1a Pedro 5:8-11

“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar; al cual resistid firmes en la fe, sabiendo que los mismos padecimientos se van cumpliendo en vuestros hermanos en todo el mundo. Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca. A él sea la gloria y el imperio por los siglos de los siglos. Amén.”

Efesios 6:10-20) La armadura de Dios para nuestra constante lucha espiritual

Los creyentes no rechazamos la ley de Dios, sino que ahora tenemos una relación diferente con ella. (Gálatas 2:19-21) dice: “Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No desecho la gracia de Dios; pues si por la ley fuese la justicia, entonces por demás murió Cristo”.

En conclusión podemos decir que antes estábamos sin la gracia salvadora de Dios; estábamos dominados por la naturaleza pecaminosa, mas ahora, estamos bajo el dominio y el poder de la gracia de Dios. Somos “libres de la ley”, es decir: somos salvos de la condenación de la ley. Cristo nos salvó de la condenación que la ley de Dios establecía para todos los seres humanos, por cuanto todos pecamos. A partir de nuestra salvación, ha cambiado nuestra relación con la ley de Dios.

¿Es esta la realidad en tu vida, o continúas bajo la condenación de la ley? ¿Puedes decir que hay “un antes y un después” en tu vida? Si aún estás en el “antes”, hoy Dios te llama a confesarle que eres pecador y que mereces el castigo, pero clamas a Él que tenga misericordia de ti, que perdone todos tus pecados, y te limpie completamente de toda maldad. Y esto es posible solamente por medio del sacrificio que el Señor Jesucristo hizo en la cruz por ti, y por el triunfo sobre la muerte en su resurrección. Ten fe en Dios, y él te perdonará y te salvará, entonces de verdad podrás decir que hubo un “antes” y ahora hay un “después” de Cristo.